elcaminantehn septiembre 13, 2018

La encarnizada lucha que la Iglesia Católica despliega
en todo el mundo contra el aborto es, si se la compara con su propia
historia como religión, bastante nueva. Mientras que durante gran parte de
sus dos mil años de existencia no vio al aborto como una cuestión grave
equiparable al homicidio, fue recién en 1869 que la Iglesia cambió de posición,
cuando el papa Pío IX determinó que los embriones poseen un alma a todos los
efectos desde el momento de la concepción.

 Para Santo Tomás, “el alma no es infundida antes de la
formación del cuerpo”

Durante los primeros años del cristianismo, existieron
posturas contradictorias y para nada unánimes entre los diferentes papas y
las doctrinas de los Padres de la Iglesia -como se conoce a un grupo de
escritores cuyas enseñanzas durante el primer milenio del cristianismo tuvieron
gran peso en el pensamiento y la teología cristianas-.

Y es que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no
abundan en remisiones a la cuestión del aborto: las alusiones son pocas, y
algo enrevesadas. Uno de los pasajes más citados por quienes defienden la
prohibición se encuentra en el Antiguo Testamento, en el primer capítulo de
Jeremías, y dice: “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía;
antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido
profeta para las naciones”.

Santo Tomás de Aquino, uno de los mayores teólogos de la
historia del cristianismo, creía que el embrión no tenía alma, que se adquiría
junto con la forma humana

Tomada individualmente, la frase parecería decir que Dios ha
santificado al embrión; sin embargo, cuando se observa el fragmento completo
que la incluye puede apreciarse que de lo que allí se habla no es ni del aborto
ni de la santidad de la vida del feto: “La palabra del Señor llegó a mí en
estos términos: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes
de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta
para las naciones». Yo respondí: «¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy
demasiado joven». El Señor me dijo: «No digas: «Soy demasiado joven», porque tú
irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene. No temas delante de
ellos, porque yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor–»”.

Para el filósofo James Rachels -autor de Introducción
a la filosofía moral (Fondo de Cultura Económica, 2007), una especie
de best seller estadounidense de ética publicado originalmente en 2003- la
lectura de ese fragmento no permite concluir que se trate de un juicio moral
sobre el aborto, sino más bien es una figura “poética”.

Donde las Escrituras sí hablan sobre el aborto
explícitamente es en el libro del Éxodo, en su capítulo 21, cuando
describe las normas que regían a los israelitas y distingue la pena por el
homicidio (que se castigaba con la muerte) del aborto, que apenas es merecedor
de una multa.

Durante el primer milenio del cristianismo, no hubo consenso
sobre el aborto: para San Agustín, por ejemplo, el embrión
adquiría el alma a los 45 días

Esta ambigüedad en los textos sagrados fue lo que provocó la
existencia de posturas contradictorias: mientras que en el siglo I el Didaché -el
primer catecismo conocido- condenaba el aborto, dos siglos después el Concilio
de Elvira lo sancionaba sólo si era realizado con motivo de un adulterio,
pero dejaba sin castigo al aborto provocado dentro del matrimonio.

Por esos mismos años, San Agustín (354-430 d.C),
obispo de Hipona y máximo pensador del primer milenio del cristianismo,
consideraba que el embrión no tenía alma hasta el día 45 después de la
concepción. Por eso, distinguía entre el aborto realizado sobre un feto animado
-que equiparaba al homicidio-, del aborto practicado sobre un
“informe” sin alma humana, que igualmente repudiaba pero que tenía
una pena menor.

Casi un milenio más tarde, Santo Tomás de Aquino (1225-1274),
otro de los teólogos más importantes del cristianismo, fue contundente al
sostener -en su Suma Teológica y siguiendo a Aristóteles- que
“el alma no es infundida antes de la formación del cuerpo”. El alma
humana viene junto con la forma humana, decía, por lo que un embrión no tiene
alma sino hasta después de varias semanas de embarazo, cuando el feto comienza
a adquirir la forma humana. “Se consideraba que los primeros movimientos
del feto, las primeras señales de vida perceptibles, significaban el comienzo
de la «animación»”, explica el filósofo Richard David Precht en su
libro ¿Quién soy y… cuántos? Un viaje filosófico (Ariel, 2007).

Santo Tomás consideraba que el aborto de un embrión en sus
primeras fases de desarrollo era equiparable a la contracepción, por lo que era
igualmente condenable, pero no en el mismo nivel que un homicidio.

Esta postura la Iglesia la adoptó en 1312, en el Concilio
de Vienne convocado por el papa Clemente V, y recién la revirtió en el
siglo XIX, cuando dio marcha atrás, pero por un curioso motivo: con
rudimentarios microscopios de la época, los científicos de entonces creyeron
ver en el embrión a personas humanas diminutas, a las que denominaron “homúnculo”.
Así, siguiendo la postura tomista, consideraron que se trataba de una criatura
perfectamente formada que sólo necesitaba crecer, por lo que estaba dotada de
alma y era incorrecto “matarlo”.

En la Biblia existen pocas y confusas referencias al aborto

Los avances tecnológicos posteriores permitieron confirmar,
sin embargo, que el pensamiento original de Santo Tomás era correcto, y que los
embriones comienzan como un grupo de células y que la forma humana la adquiere
con el desarrollo. Aun cuando cambió el conocimiento científico, la Iglesia
mantuvo la posición que había adoptado en la ciudad francesa de Vienne.

El hecho de que durante siglos la Iglesia no tuviera una
postura unívoca sobre al aborto explica, para Rachels, que el derecho
occidental no haya tratado en muchos casos al aborto como delito. En países
como los Estados Unidos, la prohibición duró apenas poco más de un siglo: fue
instaurada bien entrado el siglo XIX, y concluyó en 1973, cuando la Corte
Suprema dictaminó que era inconstitucional.

Tras exponer la historia de las diferentes posiciones de la
Iglesia respecto del aborto, Rachels la compara con las cambiantes opiniones
morales y religiosas sobre la esclavitud, la condición de la mujer o la pena de
muerte y reflexiona: “La tradición eclesiástica, así como las Escrituras,
es reinterpretada por cada generación para apoyar sus propias opiniones morales.
El aborto es sólo un ejemplo”.

Por último, Rachels sostiene que “lo correcto y lo
incorrecto no deben definirse en términos de la voluntad de Dios; la moral es
cuestión de razón y de conciencia, no de fe religiosa; y en todo caso, las
consideraciones religiosas no dan soluciones definitivas a los problemas
morales específicos que confrontamos”.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: