elcaminantehn octubre 8, 2018

El espectro del nazi-fascismo se cierne sobre Brasil y tiene la cara de Jair Bolsonaro, candidato del PSL en las elecciones del domingo 7 de octubre. El ex capitán del ejército, al que no le importa ser comparado con Hitler, mientras considera como un insulto sangriento se lo llaman gay, se ve favorecido en las encuestas: también se benefició de las puñaladas recibidas el 8 de septiembre, durante una reunión de campaña electoral. Sobre todo, aprovechó de que Lula ha sido arrestado en abril y luego definitivamente inhabilitado en la competencia electoral.

En su lugar, el Partido de los Trabajadores (PT) nominó a Fernando Haddad, quien asumió el control demasiado tarde para mejorar su “paquete” de votos.

Desde la prisión de Curutiba, donde está cumpliendo una sentencia de 12 años por corrupción, Lula envió una carta en la víspera de la votación (y en su cumpleaños), pidiéndole al pueblo que eligiera a Haddad. Si, como parece probable, ni Bolsonaro ni Haddad superarán el 50%, se irá a segunda vuelta y el juego se definirá el 28 de octubre.

La elección de Bolsonaro abriría los escenarios más oscuros para Brasil, y fortalecería el campo de las fuerzas más conservadoras en el continente: ese eje que está obstaculizando la integración latinoamericana y que actúa en la órbita de Trump. La victoria de Bolsonaro también podría tener su peso en las elecciones de medio término que se llevarán a cabo el 6 de noviembre en los Estados Unidos y que representan una prueba crucial para el futuro político del magnate norteamericano.

En cambio, una victoria de Haddad daría un nuevo impulso al viento progresista anunciado por la victoria de López Obrador, quien asumirá el cargo de presidente de México en diciembre.

Ni Obrador ni Haddad rompieron las lanzas a favor del socialismo bolivariano, pero su posición no intervencionista aflojaría la presión sobre el gobierno de Maduro, ahora también amenazado por maniobras militares en la Amazonia en las que participa Estados Unidos.

Un tema no insignificante, que se refiere a una cuestión de fondo: la posibilidad de que el socialismo, aunque en una forma diferente de la que se desarrolló en el siglo de las revoluciones, vuelva a ser una alternativa creíble y no contingente al capitalismo globalizado.

Hasta la caída del Muro de Berlín, se dio por sentado que había dos alternativas opuestas, dos posibilidades diferentes a las que la humanidad podía confiar su destino. Se sabía que, para abrirse camino, el nuevo mundo tendría que derrotar al viejo, basado en la explotación del capital sobre el trabajo y la sociedad dividida en clases. Se sabía que el juego sería epocal y que los guardianes del capitalismo no harían ningún descuento ni prisioneros. Y así fue.

Desde la caída de la Unión Soviética, con la propagación del neoliberalismo y la imposición del capitalismo a nivel global, se ha inculcado una letanía en los sectores populares, tan falsa como asfixiante: “No hay alternativas”.

No hay alternativas a un sistema de depredadores que permite a 264 familias apoderarse de la riqueza de 3 mil millones de personas. No hay alternativas a las recetas de un capitalismo que trata de resolver su crisis estructural con la agresión a los pueblos del sur, para apropiarse de su riqueza.

En este contexto, lo que una vez fue el campo progresista moderado se ha alineado en la búsqueda del “mal menor”, coincidiendo con los objetivos del campo adverso, o volviéndose funcional a él. Si “no hay alternativas”, cualquiera que vaya a gobernar tendrá que permanecer en el campo de las variantes compatibles con ese sistema mundial que, mientras que aumenta la desigualdad, reduce las diferencias politicas y niega las alternativas con respecto al futuro de la humanidad.

Esta ausencia de perspectivas causa desorientación en los sectores populares, que siguen falsas banderas, ideas irracionales y viejas, pasadas como nuevas: lo vimos con Trump en los EE. UU., lo vemos en Italia con Salvini y ahora con Bolsonaro en Brasil. Una vieja pacotilla xenófoba y misógina que desvía la furia de los sectores populares que el largo ballet de la “compatibilidad” con el sistema ha dejado vagando como un boomerang.

Y que la Venezuela socialista se ha convertido cada vez más en el espantapájaros para sacudir a los cuatro vientos, no es en absoluto al azar. En Italia, los seguidores de Berlusconi (centro-derecha) y Renzi, cuyas políticas a favor de los bancos y el gran capital han allanado el camino para la xenofobia de Salvini, llenan sus bocas de Venezuela como un ejemplo negativo. Todos, por ejemplo, compiten para presentar a Venezuela como un “estado fallido” del cual escapan las empresas.

Pero mientras tanto, la revista Forbes dice que el país bolivariano ocupa el lugar 144 (de 153 países monitoreados) entre aquellos más elegidos por las empresas que hacen negocios. Tanto es así que, como lo confirmó el experto de Ecoanálisis en la BBC, existe un fenómeno de “canibalización del trabajo” por parte de grandes empresas extranjeras: compiten para “robar” técnicos calificados de empresas locales, pagándoles una poca cantidad en dólares, que pero luego se convertirá en un capital si se intercambia en el mercado negro.

Nadie, sin embargo, señala que los técnicos tan codiciados se han convertido en tales gracias al formidable plan de inversión del gobierno bolivariano en favor de la educación pública que, en los países capitalistas, habría sido considerado uno de los primeros “gastos” que se reducirían. Se implementaron las mismas políticas de “canibalización del trabajo” contra Cuba, que se buscó para robar al personal calificado, atrayéndolo fuera del país con el espejismo del dinero a cambio de ideales.

Con Venezuela que no ha ilegalizado a la burguesía parasitaria, pueden actuar en ambas direcciones: desde dentro, exacerbando la guerra económica, canibalizando el trabajo y dejando que las mafias fronterizas actúen en nombre de terceros, como sucedió en la reciente masacre cumplida en el Zulia y reivindicada descaradamente en instagram por la banda de Los Melean; y desde el exterior multiplicando las acciones de sicariato económicas, financieras y mediaticas con la complicidad de las grandes instituciones internacionales.

Lo que buscan ocultar es el fracaso manifiesto de las recetas capitalistas, desde Estados Unidos hasta Europa y América Latina.

Los costos de contener violentamente los desastres causados por las políticas de exclusión son enormemente más altos que los de resolver la causa de las distorsiones. Pero si está convencido de que “no hay alternativa”, puede soportar que la jornada laboral siga aumentando junto con la edad de jubilación; que los salarios están estancados mientras que la cobertura social disminuye; que las enormes masas queden sin trabajo; y que una multitud de excluidos se ve obligada a vagar para pedir limosna en el mercado global, convirtiéndose en alimento para el pescado o carne que se puede torturar.

Asi se puede soportar que, como escribió el New York Times, Donald Trump encarcele a 13.000 niños migrantes y transfiera a 1.600 a una prisión al aire libre en Texas; que en Europa, los que gritan contra del negocio de la ayuda humanitaria (que ciertamente sirve al control social de los excluidos), no ataquen el negocio de la seguridad, que se expande para proteger el capitalismo global.

El fracaso de Macri en Argentina es igualmente evidente: el tan aclamado modelo de “crecimiento” del FMI no ha estado allí, y esto ha dejado en claro la trampa en la que han atraído a esos sectores de la clase media, dispuestos a retirar el consentimiento a los gobiernos progresistas si ven brillar el espejismo de mayores ganancias.

A diferencia de lo que sucede en Italia o en Europa, donde la fuerza de la ideología dominante disemina las trampas semánticas para ocultar la crisis, a diferencia de lo que ocurre en los Estados Unidos, donde los mecanismos de presión no permiten que los sectores populares accedan al poder decisional, las cosas están más claras en América Latina.

Donde, como en Venezuela, se ha construido un partido que ha organizado a las masas populares y ha aumentado su nivel de conciencia al mantenerlas en una movilización permanente, las fuerzas reaccionarias no han logrado pasar. Donde, en cambio, como en Brasil, se dio más confianza a las inestables alianzas parlamentarias que a la organización política de las masas populares, la situación se ha vuelto más confusa y dificil.

Pero la semilla lanzada por Cuba, Venezuela, Bolivia y también por los gobiernos progresistas que han cambiado la cara de Brasil y Argentina, sigue brotando. Nicaragua resiste y aún se experimenta. Salvador intenta mantener la bandera en alto. En Costa Rica, Honduras, Guatemala, los pueblos han entendido la antífona: debemos buscar una alternativa que se oponga al capitalismo.

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