Mujeres hondureñas, las más forzadas a huir: “Mi marido me violaba delante de mis hijos”.

“No puedo estar aquí (larga pausa), por los pandilleros. Tengo que tener cuidado, no puedo andar tranquila, ando escondida, no camino con mis hijos por miedo a que los maten. Aún estando embarazada me decían que me iban a sacar a mi bebé y lo iban a matar”, relata Miriam* mientras desmenuza un pañuelo en sus manos.

Siete veces ha tratado de ‘llegar al norte’. Lo consiguió en una ocasión y la deportaron al pisar San Antonio, en Texas. “Esa vez agarramos doce trenes y pasamos 32 túneles, estuvimos cinco días en el desierto”, recuerda. La migración hondureña hacia EEUU aumentó un 61% en el último año, según datos del gobierno norteamericano: 300 hondureños al día tratan de cruzar la frontera.

Miriam tiembla. “El papá de mis hijos me violaba delante de mis hijos –continúa después de varios sollozos–. Hubieron golpes, deseaba morirme. En ocasiones traté de quitarme la vida, pero aguantaba porque no podía trabajar, no podía mantener a mis hijos”. Se señala varias cicatrices en el rostro por las palizas de su exmarido, pandillero. La nariz dislocada. Una mordida que le abrió el labio. Fue por esa agresión que en su último viaje hacia EEUU hace cuatro años se llevó a sus tres hijos, de un año y medio, tres y doce años.

“No fue fácil, sentía temor. Estuvimos bajo la tormenta, con frío, los niños me decían que tenían hambre. Se me enfermaban. Sólo yo y ellos sabemos lo que vivimos”, explica. Su recorrido se truncó por una alerta migratoria de su propio marido. “Yo puse la denuncia, pedí refugio en México con mis hijos, pero en lugar de eso me encarcelaron porque él reclamó que había robado a mis niños”, se lamenta mientras mira a su hijo mediano chutar un balón contra las chapas que rodean el patio. Pasaron ocho meses detenidos antes de ser deportados.

Las mujeres, víctimas de múltiples violencias

Además de la delincuencia común, las mujeres en Honduras sufren otras múltiples formas de violencia, como de género o violaciones. En 2017 se registraron más de dos mil denuncias de abuso sexual, aunque se estima que esa cifra sería exponencialmente mayor debido al temor a denunciar. Asimismo, las madres –la mayoría madres solteras– sufren el acoso de los pandilleros por reclutar a sus hijos desde niños.

Por ello, las mujeres se ven con mayor frecuencia obligadas a huir. De entre los más de 190.000 desplazados internos en Honduras, según cálculos del Consejo Noruego para Refugiados, “la mayoría se trata de amas de casa y mujeres comerciantes, que sufren mayor violencia, extorsión o como una forma de proteger a sus hijos del reclutamiento”, asegura Andrés Celis, Jefe de la Oficina del ACNUR en ese país.

Los datos migratorios oficiales –sin distinción entre migración y desplazamiento forzado– corroboran esta tendencia. De entre los 722.430 emigrantes hondureños hasta el pasado año, 420.257 son mujeres y 302.174 hombres. La migración femenina supera en un 17% a la masculina. “Muchas mujeres son obligadas a prostituirse por las maras, otras veces las fuerzan a ser la pareja de un pandillero. Es evidente la mayor vulnerabilidad de la mujer en ese contexto de violencia”, asegura a este diario Sally Valladares, la coordinadora del Observatorio Migratorio de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).

La cifra de homicidios dolosos se redujo un 54% el pasado año con respecto a 2016, tal y como indican datos oficiales que algunas ONG ponen en duda. En los últimos años las principales modalidades delictivas de las maras han mutado del asalto y el secuestro a la extorsión y el narcomenudeo.

“Esa reducción de asesinatos no supone un descenso de violencia y por ende tampoco se alivian las causas para migrar. Los principales motivos para pedir asilo que dan los migrantes hondureños son la extorsión y la intimidación, que se mantienen igual de alarmantes”, matiza Valladares.

El desplazamiento forzado se disfraza de migración

A esa amenaza se suma la necesidad que atraviesa la población en las mismas zonas más azotadas por el crimen. En ese sentido, el desplazamiento forzado se suele disfrazar de migración. “Aunque yo busque la manera de trabajar, no puedo, no me rinde lo que gano. No puedo alimentar a mis tres hijos con 100 lempiras (menos de cuatro euros) al día que me paguen. Una libra de frijoles ya cuesta 80 lempiras. Si se me enferman, en los puestos de salud no hay medicinas”, apunta Miriam, que vive en la pequeña casa de su madre donde se hacinan otros ocho familiares. Desde su ventana se observa un mar de chabolas que escala por los incontables cerros de la capital.

Un 75% de la población hondureña vive en la pobreza y un 57% de los que trabajan por cuenta propia, en la extrema pobreza, según datos de CEPAL. La pobreza ha aumentado un punto y medio en los últimos cuatro años. Pese a una tasa de desempleo bajísima, datos oficiales arrojan un 44% de subempleo, trabajos con salarios que no alcanzan para llegar a final de mes. Es el caso de la familia de Miriam. Sus ocho miembros sobreviven del puesto de ropa que regenta su madre en el mercado.

Ni siquiera la destartalada casa donde habitan es de su propiedad. Su madre tuvo que venderla para pagar el rescate de su hijo, secuestrado por el grupo narcotraficante de Los Zetas en México durante uno de los intentos de alcanzar Estados Unidos.

“Varios hombres nos asaltaron y nos obligaron a quitarnos la ropa. A mí no me hicieron nada porque iba sangrando (debido a una enfermedad), pero a mi tía la violaron. A mi hermano le hicieron agacharse y le miraron todas sus partes para ver si llevaba dinero”, recuerda Miriam sobre ese trayecto en que ella tuvo que regresar por las dolencias que padecía.

En otra ocasión, su viaje terminó por complicaciones en una hernia debido a la mala alimentación que la forzaron a acudir a un hospital para ser operada de urgencia. Y así, un puñado de “experiencias horribles”, como recuerda antes de tragar saliva para hablar del último periplo junto a sus hijos: “Nos maltrataban, nos humillaban por un plato de comida, otros migrantes abusaron de mi hijo en el centro de detención migratorio”.

Miriam siempre ha viajado sin pagar a los traficantes de personas. “Uno se arriesga, yo no llevo coyotes, ahora como empeora la situación están cobrando 6.000 dólares para pasarte –señala–. No puedo pagarlos, pocos pueden. Yo me voy a puro autobús y pidiendo ayuda”. La desesperación supera las adversidades. Pronto volverá a tratar de alcanzar Estados Unidos. Será el octavo intento por salvar su vida.

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