Vladimir Putin le declara la guerra al Rap.

“Sexo, drogas y protesta», así es como ve Putin el rap y la música que escuchan los jóvenes rusos. Por eso, después de fracasar en el intento de prohibirla, se propone controlarla para limitar su influencia en una generación perdida para la propaganda del Kremlin.

«Dicen que el rap y todas esas cosas modernas se basan en tres pilares: sexo, drogas y protesta. De las tres, la que más me preocupa son las drogas…ese es un camino directo a la degradación del pueblo», dijo Putin durante una reunión del consejo de cultura adscrito al Kremlin.

El primer aviso de que la juventud rusa, especialmente la urbana, era ingobernable fueron las protestas antigubernamentales del pasado año en las que tomaron parte un gran número de adolescentes atraídos por los lemas de la oposición radical.

«Las autoridades descubrieron que los jóvenes son políticamente activos. No lo habían sido durante casi 30 años. Esa es una noticia muy mala para el Kremlin. Pensaban que sólo les interesaban las drogas y el dinero», comentó a Artemi Troitski, el más famoso crítico musical ruso.

Pero lo que agotó la paciencia de las autoridades y provocó una campaña de represión fue el tiroteo ocurrido este año en un instituto universitario de Kerch (Crimea) en la que un joven de 18 años mató a 21 personas. Las fuerzas vivas del Kremlin cargaron todas las tintas en la cultura moderna.

Para ser más precisos, en el rap y otras manifestaciones de la creatividad juvenil que campan a sus anchas en las redes sociales. «A las autoridades les han entrado el pánico y su primer instinto es siempre cerrar, prohibir, detener, juzgar y censurar», agregó Troitski.

En las últimas semanas las fuerzas de seguridad han cancelado o interrumpido numerosos conciertos de grupos musicales «destructivos» que en sus letras incluyen fuertes dosis de crítica social o diatribas contra el orden establecido, tanto moral como político, como ‘Husky’,'»IC3PEAK’, ‘GONE.Fludd’ o ‘Friendzone’.

El crítico recuerda que las autoridades soviéticas ya recurrieron a la «censura cultural e ideológica» a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980 contra el ‘rock underground’, pero fracasaron en el intento, mientras el actual Gobierno ya lo utilizó contra los que se oponen a la anexión de la península ucraniana de Crimea.

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