100 días de Bolsonaro: Caos, división y fascismo.

Pero Jair Messias Bolsonaro, de 64 años, ya había respondido días antes a esa pregunta, en una entrevista, cuando atribuyó a su hijo Carlos, apodado el Pitbull, el mérito de su llegada al poder: “Él me puso aquí. Realmente fueron sus medios los que me colocaron aquí”, admitía el antiguo militar.

Sin embargo, estar ahí no es gobernar y la lectura de este inicio es desastrosa: en solo tres meses ha destituido a dos ministros y causado indignación dentro y fuera de Brasil al alentar al Ejército a que conmemorara el golpe de Estado de 1964 o haber afirmado, nada menos, que “no hay duda de que el nazismo fue un movimiento de izquierdas”.

Los índices de popularidad del exmilitar están en caída libre, con un descenso de 30 puntos en los tres primeros meses. Su popularidad, que en enero era del 67 por ciento, bajó al 51 por ciento en marzo, el peor nivel ya registrado por un presidente brasileño en los primeros tres meses del primer mandato, desde la redemocratización del país en 1985.

Además, el nacionalpopulista se ha convertido en el presidente peor valorado en el primer trimestre, según Datafolha. Este Gobierno es pésimo o malo para un 30%, regular para un 33% y óptimo o bueno para el 32% restante.

Bolsonaro, con un discurso frentista, nostálgico de la dictadura, homófobo y racista, es el presidente más atípico que ha tenido Brasil desde el fin de la dictadura, ya que preside un Gobierno dividido en facciones cuya trayectoria desde el 1 de enero ha sido errática, con divisiones internas, estridente en las formas y con cargas de profundidad contra las instituciones.

Con sólo 54 diputados, necesita forjar importantes mayorías en un hemiciclo de 513 para aprobar el nuevo sistema de pensiones, vital para sanear las cuentas públicas y que la economía remonte con fuerza.

Entre los problemas del mandatario para gobernar, están su dificultad de articulación en el Congreso, donde no ha conseguido apoyo para impulsar una impopular reforma del sistema de jubilaciones, y el fracaso en la entrega de las 35 metas que prometió cumplir en sus primeros cien días de gobierno.

Bolsonaro, que prometió romper con el viejo modelo de la política brasileña de la que él mismo participó como parlamentario, por tres décadas, no ha sabido negociar con las alianzas partidarias, ni con los intereses de los principales sectores económicos brasileños.

En el plano económico, una frase lo define perfectamente: “No soy economista, ya dije que no entendía de economía”. La pronunció el viernes después de que su intervención para que Petrobras no subiera el precio del diésel por miedo a que los camioneros le paralicen el país hiciera perder a la petrolera estatal en Bolsa 32.000 millones de reales (7.300 millones de euros).

Bolsonaro arrancó su legislatura con una sucesión de récords en la Bolsa de São Paulo, pero ese optimismo no se ha traducido en mejoras tangibles para la ciudadanía. El paro ha subido al 12,4% mientras se suceden las rebajas en las previsiones de crecimiento económico. La última, la del Itaú, el primer banco privado, del 2% al 1,3% para este año.

Con información de Spanish Revolution

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