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El gran invento de la cientifica Marie Curie.

Cuando en 1995 los restos de la científica franco-polaca Marie Curie (7 de noviembre de 1867 – 4 de julio de 1934) fueron exhumados del cementerio de Sceaux para ser trasladados al Panteón de París, se temía que emitieran niveles nocivos de radiación, como hoy ocurre con sus cuadernos de laboratorio.

Pero no había radio en los restos, lo cual sugirió que la enfermedad que mató a la investigadora no se debió a los elementos radiactivos que manejaba, sino a una excesiva exposición a los rayos X causada por su peculiar invención: la radiología móvil que llevó a los campos de batalla durante la Primera Guerra Mundial.

Los logros de Curie y de su marido Pierre, fallecido en 1906, son de sobra conocidos. El descubrimiento del radio y el polonio permitió definir las propiedades de la radiactividad, un término acuñado por la propia investigadora.

La constatación de que elementos como el uranio emitían radiación se unió en la misma época al hallazgo del electrón para demostrar que el átomo no era indivisible como se creía.

Por todo ello Marie Curie recibió no un premio Nobel, sino dos, siendo la primera persona en lograrlo y la única que lo ha hecho en dos disciplinas científicas distintas, Física y Química.

Menos conocida, aunque igualmente bien documentada, es la labor que Curie llevó a cabo durante la Primera Guerra Mundial, inspirada por su espíritu humanitario y por su devoción hacia su país de acogida. Con el estallido del conflicto y la amenaza de una invasión alemana cerniéndose sobre París, la vida cotidiana quedó suspendida, incluyendo las investigaciones de Curie.

El gobierno francés se trasladó a Burdeos, y allí viajó también la científica llevando su tesoro más preciado, un gramo de radio en un cofre de plomo, que depositó en la caja fuerte de un banco.

Pero al contrario que otros, Curie no buscó refugio en Burdeos, sino que regresó a París. Deseosa de contribuir al esfuerzo bélico, compró bonos de guerra y quiso donar al gobierno las medallas de oro de sus dos premios Nobel, un regalo que no fue aceptado. En su lugar, optó por poner su ciencia al servicio del ejército francés.

Pero al contrario que otros, Curie no buscó refugio en Burdeos, sino que regresó a París. Deseosa de contribuir al esfuerzo bélico, compró bonos de guerra y quiso donar al gobierno las medallas de oro de sus dos premios Nobel, un regalo que no fue aceptado. En su lugar, optó por poner su ciencia al servicio del ejército francés.

Pese a todas las dificultades, Curie consiguió equipar su primer coche convertido en camión. Según explica a OpenMind el especialista en biología de la radiación de la Universidad de Georgetown (EEUU) Timothy J. Jorgensen, autor de Strange Glow: The Story of Radiation (Princeton University Press, 2016), “las máquinas portátiles de rayos X que Curie utilizó en sus vehículos fueron inventadas por un español, Mónico Sánchez Moreno. Producía los rayos X con tubos de Crookes, que requieren una fuente de electricidad”. Para ello, Curie adaptó una dinamo al motor del vehículo, el cual contaba además con material fotográfico y cuarto oscuro para revelar las placas.

El primer camión estuvo listo para trasladar a la propia investigadora al frente en la batalla de Marne (1914). Pero aquello era sólo el principio. Con el tiempo y el apoyo de amigas acaudaladas, Curie llegó a equipar 20 vehículos y a formar, con la ayuda de su hija Irène, a 150 mujeres encargadas de operar aquellas unidades móviles. Se estima que la flota de los que pronto se conocieron como Petites Curies (Pequeños Curies), así como los 200 servicios fijos de radiología que la científica distribuyó por los hospitales de campaña, permitieron tratar a más de un millón de soldados heridos.

Aquella labor dejaría una huella en la salud de la científica que le pasaría factura al cabo de los años. “Curie sabía que las altas dosis de radiación podían ser peligrosas”, señala Jorgensen. “Pero poco podía hacer para limitar su exposición en el campo de batalla; el riesgo de los rayos X parecía trivial comparado con el del combate”.

UN ATAÚD DE PLOMO

En 1920, la salud de Curie comenzó a deteriorarse, hasta que en 1934 fallecía víctima de una anemia aplásica. Su cuerpo fue enterrado en un ataúd de plomo, y durante décadas se presumió que fue la contaminación con radio la que le causó la muerte. Pero cuando en 1995 los científicos no hallaron niveles peligrosos de radio en sus restos, la Oficina Francesa de Protección Contra las Radiaciones Ionizantes concluyó que “Curie no pudo haber estado expuesta a niveles letales de radio mientras estaba viva”, según informó la revista Nature. Los mismos expertos sugerían que “la enfermedad de Curie se debió más probablemente a su uso de la radiografía durante la Primera Guerra Mundial”.

150 mujeres fueron las encargadas de operar las unidades móviles. Fuente: Wikimedia
Y pese a todo, según destaca Pasachoff, al término de la guerra el gobierno francés reconoció oficialmente la contribución de su hija Irène, pero no la de la propia Marie. La historiadora sugiere que quizá su país de adopción aún no le había perdonado el escándalo que Curie suscitó en 1911 al entablar una relación amorosa con un hombre casado, el físico Paul Langevin, antiguo estudiante de Pierre Curie.

Pero Curie tampoco era amiga de condecoraciones; de hecho, años más tarde rechazó la Orden de la Legión de Honor, como antes había hecho su marido. Nunca quiso dejar medallas tras de sí; en su lugar, desde su Instituto del Radio dedicó el resto de su vida a desarrollar su legado para la humanidad, una terapia que hoy continúa salvando vidas. “La radioterapia ha salvado a muchas personas de morir de cáncer, y a quienes no puede salvar les ha ayudado a prolongar la vida y reducir el dolor”, concluye Jorgensen.

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